25 de enero de 2016
Cuando brillamos...
Creo que todos tenemos en la cabeza ideas y pájaros. A veces se anudan, y nacen las dudas que nos enredan los pies. Otras, en cambio, bailan libres: entonces brillamos tanto que encendemos sonrisas, personas, y hasta las estrellas.
Pies desnudos
Tenía los pies desnudos y las ideas enredadas en el pelo. Quizás por eso le gustaba tanto dudar y girar: nunca sabes cuándo vas a encontrar un cristal roto en el suelo, o va a caer una idea de la cabeza. Por qué calcular los pasos en aburrida línea recta cuando se puede bailar, tropezar, volver, caer, o saltar.
26 de noviembre de 2014
El Chico del Sur
Cuando conocí al chico del sur acababa de romperme.
En realidad estaba ya pegando los trozos caídos. Recogiendo las horas y meses sobrantes de aquella relación sin saber muy bien qué hacer con ellos. Llevaba en la mochila algunos recuerdos que amarilleaban y mucha rabia acumulada. Rabia de esa que sólo dejan las historias que te rompen. Las que te dan un bofetón en la cara y te espabilan de un día para otro. De las que acabas jurando que no te vuelve a pasar.
El chico del sur tenía gracia. Y debía tener mucha, porque acabó enamorándome. Así, sin esperarlo. El amor es muy cabrón, no te deja un respiro. Llega sin avisar y te pone la vida patas arriba cuando estás aún buscándote los pies. Y lo que empezó como una alegría de esas que metes en las bragas sin dar explicación a nadie acabó siendo un romance en toda regla. Un desastre.
Fue una casualidad que nuestras brújulas coincidiesen en el mismo punto perdido del mapa, ya que eran más de ochocientos kilómetros los que separaban nuestros pasos. Y a mí, que me encanta jugar a ser nómada, contar distancias y llenar las botas de caminos, de repente esos ochocientos kilómetros me parecieron infinitos, cortantes, imposibles. Ochocientos kilómetros al sur: una apuesta fuerte para alguien que está todavía pegando los trocitos que se caen, que se agrietan, que abren agujeros y dudas en el pecho y las promesas se vacían y los tequiero suenan a fábula y las verdades chirrían y el espejo devuelve la mirada más desconfiada que has visto nunca. Porque entra en escena el miedo. Porque has jurado que no te vuelve a pasar y ya vas por el mismo camino. Miedo.
El chico del sur me hizo perder el norte. Tenía una guitarra y las manos llenas de magia, dibujos en la piel, secretos en el pelo y unas cuantas camisas de cuadros. Una sonrisa soleada que sabía templar aunque él mismo estuviese a punto de derrumbarse. Porque también él venía recogiendo sus pedazos rotos. Nunca lo admitió, era uno de esos secretos que se empeñaba en guardar en el pelo junto a todas sus penas, pero yo lo sabía.
Enamorada, y como todo enamorado, me convertí en alguien que se sentía fuerte y vulnerable a un tiempo, libre y atada, feliz e insegura. Siempre depende de la intensidad con la que muerde el miedo. El dolor de su mordisco me trajo los recuerdos amarillos, las discusiones, las grietas y llené la cabeza de espirales sin retorno. Y cuando el chico del sur tropezó con una duda, lo saqué de mi camino. Deseé convertirme en hojalata para dejar de inventarme mil historias junto a él.
Sigo intentándolo. Ser más hojalata y menos emoción. El chico del sur dice que no le asusta el óxido de mi armadura ni este silencio que nos empuja al precipicio. No le creo.
Para creerle tendría que ser tan valiente como él.
***
Ahora que cuento su historia, un arcoiris amanece entre las nubes que han teñido el día en una aburrida escala de grises. Esto sólo puede ser cosa del chico del sur. De la magia de sus manos.
En realidad estaba ya pegando los trozos caídos. Recogiendo las horas y meses sobrantes de aquella relación sin saber muy bien qué hacer con ellos. Llevaba en la mochila algunos recuerdos que amarilleaban y mucha rabia acumulada. Rabia de esa que sólo dejan las historias que te rompen. Las que te dan un bofetón en la cara y te espabilan de un día para otro. De las que acabas jurando que no te vuelve a pasar.
El chico del sur tenía gracia. Y debía tener mucha, porque acabó enamorándome. Así, sin esperarlo. El amor es muy cabrón, no te deja un respiro. Llega sin avisar y te pone la vida patas arriba cuando estás aún buscándote los pies. Y lo que empezó como una alegría de esas que metes en las bragas sin dar explicación a nadie acabó siendo un romance en toda regla. Un desastre.
Fue una casualidad que nuestras brújulas coincidiesen en el mismo punto perdido del mapa, ya que eran más de ochocientos kilómetros los que separaban nuestros pasos. Y a mí, que me encanta jugar a ser nómada, contar distancias y llenar las botas de caminos, de repente esos ochocientos kilómetros me parecieron infinitos, cortantes, imposibles. Ochocientos kilómetros al sur: una apuesta fuerte para alguien que está todavía pegando los trocitos que se caen, que se agrietan, que abren agujeros y dudas en el pecho y las promesas se vacían y los tequiero suenan a fábula y las verdades chirrían y el espejo devuelve la mirada más desconfiada que has visto nunca. Porque entra en escena el miedo. Porque has jurado que no te vuelve a pasar y ya vas por el mismo camino. Miedo.
El chico del sur me hizo perder el norte. Tenía una guitarra y las manos llenas de magia, dibujos en la piel, secretos en el pelo y unas cuantas camisas de cuadros. Una sonrisa soleada que sabía templar aunque él mismo estuviese a punto de derrumbarse. Porque también él venía recogiendo sus pedazos rotos. Nunca lo admitió, era uno de esos secretos que se empeñaba en guardar en el pelo junto a todas sus penas, pero yo lo sabía.
Enamorada, y como todo enamorado, me convertí en alguien que se sentía fuerte y vulnerable a un tiempo, libre y atada, feliz e insegura. Siempre depende de la intensidad con la que muerde el miedo. El dolor de su mordisco me trajo los recuerdos amarillos, las discusiones, las grietas y llené la cabeza de espirales sin retorno. Y cuando el chico del sur tropezó con una duda, lo saqué de mi camino. Deseé convertirme en hojalata para dejar de inventarme mil historias junto a él.
Sigo intentándolo. Ser más hojalata y menos emoción. El chico del sur dice que no le asusta el óxido de mi armadura ni este silencio que nos empuja al precipicio. No le creo.
Para creerle tendría que ser tan valiente como él.
***
Ahora que cuento su historia, un arcoiris amanece entre las nubes que han teñido el día en una aburrida escala de grises. Esto sólo puede ser cosa del chico del sur. De la magia de sus manos.
5 de octubre de 2014
Se arrugan los recuerdos...
Flotas perdido en mis ideas porque hay grietas en mi cabeza; pero no sabes que ya no te pienso, y que ahora habitas mis silencios.
Hablas, te veo mover los labios; pero no te escucho las mentiras. Tu sudor me anestesia la piel y se arrugan los recuerdos en mi cara.
Ya no hay fuegos provocados, todos son ahora velas mudas. Huele a madera quemada cuando se agota el amor del alma.
Dibujaste trazos de mi vida: caminos de robles, de cardos y de orquídeas. Hiciste de tu querer el mío, de mi tiempo el tuyo: Tropezábamos los besos y las horas.
Me pisaste el corazón
y te llevaste hasta la rabia.
Tú.
Hablas, te veo mover los labios; pero no te escucho las mentiras. Tu sudor me anestesia la piel y se arrugan los recuerdos en mi cara.
Ya no hay fuegos provocados, todos son ahora velas mudas. Huele a madera quemada cuando se agota el amor del alma.
Dibujaste trazos de mi vida: caminos de robles, de cardos y de orquídeas. Hiciste de tu querer el mío, de mi tiempo el tuyo: Tropezábamos los besos y las horas.
Me pisaste el corazón
y te llevaste hasta la rabia.
Tú.
11 de octubre de 2013
Islandia
Hace un año, a estas horas, subía a un avión con destino Reykjavík. Y ahí pasé el invierno más largo y bonito de los que he vivido. Ví paisajes increíbles, ciudades, calles y casas diferentes a todo lo que había visto antes, subí a un glaciar, me asomé al cráter de un volcán, cabalgué en un caballo islandés, escuché resoplar a la tierra con la explosión del géiser, y me enamoré de cada catarata que visité. Pasé frío, mucho frío, y me calenté en las saunas y en las aguas termales del Blue Lagoon. Aprendí de la historia islandesa en sus museos, monumentos y libros; y aprendí a tejer en alguna de esas largas noches. El día antes de irme, la isla me regaló la espectacular visión de la aurora boreal, y la emoción hizo que riera y llorara al mismo tiempo. Pero, ¿sabéis lo mejor de todo? Lo mejor lo encontré en cada persona que conocí, en mis amigos Sigga y Jón, Frances, Barbara, en mis niños, y en cada persona que con su historia me enseñó, me sorprendió, y me hizo comprender que, con cada viaje, y a cada paso, la vida se va tejiendo un poquito más fuerte, más colorida y más caliente. Como un jersey islandés, como un lopapeysa.
15 de septiembre de 2013
A un luchador...
"Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza..."
Juan Ramón Jiménez - 'Platero y yo', fragmento.
Juan Ramón Jiménez - 'Platero y yo', fragmento.
Gracias por este tiempo, Roy. Fuiste un superviviente en tus primeros meses de vida, y has sido un luchador hasta el final. Nos duele despedirnos, pero te hemos dejado ir, sin dejar de estar a tu lado en ningún momento.
Me quedo con los paseos compartidos, con lo feliz que has sido, y con la alegría de encontrarte 15 años atrás, un 17 de septiembre. Me faltaba un día para cumplir 12 años. No recuerdo qué me regalaron en aquel cumple, sólo sé que tuve a mi lado a un amigo que me ha acompañado hasta hoy, a punto de cumplir 27. Me has visto cerrar y abrir tantos ciclos: empezar la ESO, acabar Bachillerato, hacer la selectividad, entrar en la Uni y salir de ella. Por el camino nos ha tocado decir adiós a seres queridos, y tenerte cerca siempre ha sido una ayuda para que las penas se olvidaran un ratito.
Habrá a quien estas palabras le suenen a cursilería difícil de comprender. Lo siento por esas personas, porque creo que quien no es capaz de entender el sufrimiento por un animal, de empatizar siquiera un poquito, tampoco sabe lo que es quererlo, ni disfrutar de su compañía, y eso supone perderse una parte muy bonita de la vida (para mí, de las mejores): la de aprender a ser mejor humano. Descansa, pequeño. Nos dejas un hueco enorme que llenaremos de buenos recuerdos. Te queremos y te echaremos de menos, no sabes cuánto.
Siempre contigo.
31 de agosto de 2013
No era nadie
Hoy venía de la estación decidiendo si me iba a echar unas cañas o directamente a casa, cuando una señora me ha pedido si podía ayudarle a llevar un cartón enorme, cargada con bolsas como iba no podía con todo. He cogido el cartón y una bolsa grande. Mientras caminábamos me he dado cuenta de que no estaba llevando un cartón cualquiera: era su cama. Y no llevábamos las cosas a su portal, sino a un cajero. Le he dicho que si necesitaba algo más, y muy agradecida me ha contestado que suficiente favor le había hecho. Si preguntáis, posiblemente os dirán que está loca, y casi con toda seguridad ni siquiera habrán hablado con ella. La naturalidad con la que me hablaba acerca de la elección de un buen cartón, la dignidad y aceptación de su situación me han desbordado. Un poco más rota, he decidido volver a casa, yo que sí la tengo. Hoy he aprendido algo. Por cierto, no está loca. Simplemente sola. Y sin casa.
9 de noviembre de 2011
El lado oscuro del no amor en una noche estrellada.
La luna se ha posado en mi tejado, burbuja de plata. Me pregunta si no estaré equivocada, si no seremos en realidad calcetines sin pareja que se encontraron perdidos en alguna lavadora. Me pregunta si no estaré hecha para entenderme con el viento, que gira y cambia y canta y llora. Me pregunta qué me mantiene con la vista fija en ti cuando nada queda en tu mirada. Y no tengo respuesta porque de tanto empeñarme en mentir he olvidado algunas verdades.
Olvidé tu risa, aunque sé que a veces reías. Olvidé tu olor, ahora lo busco en otras bufandas. Olvidé el color de tus ojos, pero sé que tus ojos me gustaban.
No siento lo que pienso y no pienso lo que siento.
Porque sólo soy un calcetín desparejado.
La luna se ha posado en mi tejado, burbuja de plata.
Olvidé tu risa, aunque sé que a veces reías. Olvidé tu olor, ahora lo busco en otras bufandas. Olvidé el color de tus ojos, pero sé que tus ojos me gustaban.
No siento lo que pienso y no pienso lo que siento.
Porque sólo soy un calcetín desparejado.
La luna se ha posado en mi tejado, burbuja de plata.
7 de noviembre de 2011
Ave Fénix.
El ave fénix renace de sus cenizas.
Somos ave fénix. Ardemos en las cenizas.
Y si volviéramos a nacer...
Haría de nuestra risa un lugar para vivir.
Para tus desayunos te haría mil bizcochos.
Haría, sobre todas las cosas, de tu felicidad,
la mía.
Si volviera a nacer.
Me quemo.
Somos ave fénix. Ardemos en las cenizas.
Y si volviéramos a nacer...
Haría de nuestra risa un lugar para vivir.
Para tus desayunos te haría mil bizcochos.
Haría, sobre todas las cosas, de tu felicidad,
la mía.
Si volviera a nacer.
Me quemo.
22 de octubre de 2011
Viernes y octubre.
I
Temía que llegara el momento; los pájaros bailaban en tu ventana, tan bonitos bailaban en el cielo rosa, pálido, que se apagaba. Y se ha apagado. Tu ventana ha traído la noche, y los pájaros se han ido. Han desaparecido y no me han ofrecido ni una estrella que me velara. No he tenido más remedio que volver a nuestro mundo, ese del que trato de huir siempre que te tengo cerca. Temía que llegara el momento.
II
Y ahí estábamos, la noche otoñal, fría, seca, nosotros y nuestro mundo, o lo que queda de él. Me ha dado náuseas mirar ahí, cuando me has abierto los ojos, zarandeándome con violencia me has obligado a MIRAR. Y he mirado. Nuestro mundo está sucio, tan aprisa nos marchamos que no recogiste tu basura, y yo me olvidé de la mía. Está sembrado de plantas venenosas, que intentan comernos los pies cuando uno de los dos se acerca, y las tres flores que quedan ya mueren con el frío otoñal. Nuestro mundo, otrora bello, cuidado y tan fuerte, se rompe y chirría débil, enfermo, quejumbroso. Tengo los dedos azules de haber palpado su tierra helada, sus rocas quebradas cortan el alma y está lleno de cuevas que acogen dudas y mentiras. Los ríos contaminados de fracasos lamen el orgullo y nos empapan de palabras huecas.
III
Y yo, que hice mi maleta sin pensar, creí que te harías cargo de él hasta mi vuelta, como quien se va felizmente de vacaciones. Que regarías las macetas y arrancarías las malas hierbas. Que llorarías de vez en cuando en el río lágrimas de paz, y que te tumbarías a mirar la luna por las noches sobre la manta de lana que dejé y que todavía debe de oler a mi. Fui tan ignorante que no supe darme cuenta de que al irme me llevaba medio mundo; me llevé los colores, un trozo de luna y otro de sol, me llevé también la mitad de todas las conversaciones que teníamos, y la mitad exacta de la risa que compartíamos. Qué estúpida. Tampoco pensé que no era nada dejarte una manta y un abrazo de despedida cuando me llevaba conmigo todo el calor de nuestro mundo. ¿Y qué sentido tenía para ti quedarte en nuestro mundo a esperarme, cuando "nuestro" pasó a significar "tuyo" y "mío"?
IV
Tal vez fue el puro egoísmo lo que me hizo pensar que ibas a quedarte, no lo sé. Es tarde para plantearme nada. Es tarde para analizar quién pisó la primera flor o quién empujó a quién. En realidad empieza a no importarme lo más mínimo. Perdí el equilibrio. Yo, culpable: Palabras, palabras, palabras.
Asombrosamente, sigue habiendo caminos más o menos transitables, que van de tu alma a la mía. Anudan nuestros cerebros y nos encogen los vientres, distraen a nuestros pies y nos rozan las manos. Están ahí. Llenos de zarzas, cadáveres y frustraciones. Pero están, milagrosamente.
He vuelto con mi maleta, o lo que queda de ella. Tengo los pies en uno de esos caminos, tengo los pies dispuestos, pero cansados. Vuelvo con las lágrimas contadas en una cajita de mármol. Vuelvo, pero no sé bien a qué, ni por qué, ni qué camino tomaré.
V
Por tu parte, has regresado al frío polar, y has hecho de tu mundo un montón de muros, dudas, ladridos y ladrillos. No soy bienvenida en la comodidad de tu plástica indiferencia. Sería más fácil para ambos obligarme a salir de este camino que me aterra y que me altera, que me arrastra a tu cerebro de nudos. Te queda muy poco para sacarme del camino, pues no te conté un secreto: no sabes que en la maleta que sujeto con mis torpes manos no tengo más que unas gafas sin cristales, una promesa que se rompió cien veces, y un vestido viejo que jamás podría enamorarte.
Debería salir corriendo.
Tal vez, debería.
Pero no será hoy.
VI
¿Mañana?
Temía que llegara el momento; los pájaros bailaban en tu ventana, tan bonitos bailaban en el cielo rosa, pálido, que se apagaba. Y se ha apagado. Tu ventana ha traído la noche, y los pájaros se han ido. Han desaparecido y no me han ofrecido ni una estrella que me velara. No he tenido más remedio que volver a nuestro mundo, ese del que trato de huir siempre que te tengo cerca. Temía que llegara el momento.
II
Y ahí estábamos, la noche otoñal, fría, seca, nosotros y nuestro mundo, o lo que queda de él. Me ha dado náuseas mirar ahí, cuando me has abierto los ojos, zarandeándome con violencia me has obligado a MIRAR. Y he mirado. Nuestro mundo está sucio, tan aprisa nos marchamos que no recogiste tu basura, y yo me olvidé de la mía. Está sembrado de plantas venenosas, que intentan comernos los pies cuando uno de los dos se acerca, y las tres flores que quedan ya mueren con el frío otoñal. Nuestro mundo, otrora bello, cuidado y tan fuerte, se rompe y chirría débil, enfermo, quejumbroso. Tengo los dedos azules de haber palpado su tierra helada, sus rocas quebradas cortan el alma y está lleno de cuevas que acogen dudas y mentiras. Los ríos contaminados de fracasos lamen el orgullo y nos empapan de palabras huecas.
III
Y yo, que hice mi maleta sin pensar, creí que te harías cargo de él hasta mi vuelta, como quien se va felizmente de vacaciones. Que regarías las macetas y arrancarías las malas hierbas. Que llorarías de vez en cuando en el río lágrimas de paz, y que te tumbarías a mirar la luna por las noches sobre la manta de lana que dejé y que todavía debe de oler a mi. Fui tan ignorante que no supe darme cuenta de que al irme me llevaba medio mundo; me llevé los colores, un trozo de luna y otro de sol, me llevé también la mitad de todas las conversaciones que teníamos, y la mitad exacta de la risa que compartíamos. Qué estúpida. Tampoco pensé que no era nada dejarte una manta y un abrazo de despedida cuando me llevaba conmigo todo el calor de nuestro mundo. ¿Y qué sentido tenía para ti quedarte en nuestro mundo a esperarme, cuando "nuestro" pasó a significar "tuyo" y "mío"?
IV
Tal vez fue el puro egoísmo lo que me hizo pensar que ibas a quedarte, no lo sé. Es tarde para plantearme nada. Es tarde para analizar quién pisó la primera flor o quién empujó a quién. En realidad empieza a no importarme lo más mínimo. Perdí el equilibrio. Yo, culpable: Palabras, palabras, palabras.
Asombrosamente, sigue habiendo caminos más o menos transitables, que van de tu alma a la mía. Anudan nuestros cerebros y nos encogen los vientres, distraen a nuestros pies y nos rozan las manos. Están ahí. Llenos de zarzas, cadáveres y frustraciones. Pero están, milagrosamente.
He vuelto con mi maleta, o lo que queda de ella. Tengo los pies en uno de esos caminos, tengo los pies dispuestos, pero cansados. Vuelvo con las lágrimas contadas en una cajita de mármol. Vuelvo, pero no sé bien a qué, ni por qué, ni qué camino tomaré.
V
Por tu parte, has regresado al frío polar, y has hecho de tu mundo un montón de muros, dudas, ladridos y ladrillos. No soy bienvenida en la comodidad de tu plástica indiferencia. Sería más fácil para ambos obligarme a salir de este camino que me aterra y que me altera, que me arrastra a tu cerebro de nudos. Te queda muy poco para sacarme del camino, pues no te conté un secreto: no sabes que en la maleta que sujeto con mis torpes manos no tengo más que unas gafas sin cristales, una promesa que se rompió cien veces, y un vestido viejo que jamás podría enamorarte.
Debería salir corriendo.
Tal vez, debería.
Pero no será hoy.
VI
¿Mañana?
12 de octubre de 2011
Temo
Hoy he leído algo que me ha hecho sentir, llorar y sonreírme:
El ser más profundo
consiste precisamente
en la inconsciencia sentida por amor.
Me bastaba sentir que te necesitaba
para que me envolvieras,
irradiaras todo aquello
que no puedo llegar a conocer
acerca de mí mismo.
Vladimír Holan
Luego, derrumbada sobre mi nube de sándalo, recordé que nunca acaba nada de lo que empieza. Los libros, una sonrisa, el chocolate que esconde en el armario de su cocina. Promesas. Todos sin acabar. No termina las frases, y nunca viene a tomar café. Se me enfría la taza de contemplar su sombra. No quiso, tampoco, acabar conmigo.
Hoy evité su mirada porque temo no reconocerme en ella. Hoy, lloré.
El ser más profundo
consiste precisamente
en la inconsciencia sentida por amor.
Me bastaba sentir que te necesitaba
para que me envolvieras,
irradiaras todo aquello
que no puedo llegar a conocer
acerca de mí mismo.
Vladimír Holan
Luego, derrumbada sobre mi nube de sándalo, recordé que nunca acaba nada de lo que empieza. Los libros, una sonrisa, el chocolate que esconde en el armario de su cocina. Promesas. Todos sin acabar. No termina las frases, y nunca viene a tomar café. Se me enfría la taza de contemplar su sombra. No quiso, tampoco, acabar conmigo.
Hoy evité su mirada porque temo no reconocerme en ella. Hoy, lloré.
4 de octubre de 2011
Almas desnudas.
Te diría tantas cosas acariciándote el pelo que ya no sé cómo agarrar este silencio. Silencio que escapa de mis dedos y teje besos en tu mirada, una risa en las pestañas para no verte llorar más.
Ayer vi tu alma desnuda frente a mi. Sensible, tan brillante y hermosa. Y me enamoré por vez infinita. De ti, de tu olor y de tu luz. Del dulce calor quedaba entre las sábanas cuando enredaba mi alma a la tuya.
Ayer vi tu alma desnuda frente a mi. Sensible, tan brillante y hermosa. Y me enamoré por vez infinita. De ti, de tu olor y de tu luz. Del dulce calor quedaba entre las sábanas cuando enredaba mi alma a la tuya.
8 de septiembre de 2011
Mujer de agua
Eres mentira, fuiste espejismo de mis anhelos. Te convertí en algo real con un encantamiento y la flor de azahar que guardaba en la mano, que esperaba serte entregada.
Pero ya no se dibuja la intensidad palpable del oasis de mi vida, me voy perdiendo en ese mar de donde vine. Oigo a las mujeres de agua, me llaman y me convierto en una de ellas. Me fundo con el mar, que baña otras tierras, que nunca queda quieto. Que va, y que vuelve.
Me alejo y me fundo con un horizonte incierto, y ni siquiera eres capaz de llorarme. Me volví fría de quedarme a tu lado quieta y de no abrazar una luna caliente. Tus palabras de plástico duro se han congelado y se adhieren a mi espalda, cuando trato de olvidarlas me arrancan la piel, me dejan desnuda. Tus palabras frías. Tú, frío. Tus promesas. Mientes.
Cansada de ofrecerte mi mano, de recibir tu respuesta vacía, me voy maldiciendo tu rostro. Y que la espuma del mar me vista de nuevo.
"Y un día preguntarás por mí y no me volverás a ver..."
Pero ya no se dibuja la intensidad palpable del oasis de mi vida, me voy perdiendo en ese mar de donde vine. Oigo a las mujeres de agua, me llaman y me convierto en una de ellas. Me fundo con el mar, que baña otras tierras, que nunca queda quieto. Que va, y que vuelve.
Me alejo y me fundo con un horizonte incierto, y ni siquiera eres capaz de llorarme. Me volví fría de quedarme a tu lado quieta y de no abrazar una luna caliente. Tus palabras de plástico duro se han congelado y se adhieren a mi espalda, cuando trato de olvidarlas me arrancan la piel, me dejan desnuda. Tus palabras frías. Tú, frío. Tus promesas. Mientes.
Cansada de ofrecerte mi mano, de recibir tu respuesta vacía, me voy maldiciendo tu rostro. Y que la espuma del mar me vista de nuevo.
"Y un día preguntarás por mí y no me volverás a ver..."
5 de septiembre de 2011
Me llevaría al gato entre mis brazos a nuestra Luna de Nácar.
Hoy, más que nunca te llamaría. En casa nada va bien. Pegaría un portazo y sin soltar la mano del pomo arrancaría a correr, lanzando lejos la puerta, las llaves, el todo. Iría lejos, puede que contigo y con el gato recogido en mis brazos. Entonces te explicaría qué ha pasado, no me darías tu opinión, nunca dabas tu opinión, pero me harías reír, siempre me hacías reír. Me hablarías de otra cosa, de algo aburrido y cotidiano, y perdidos en el diálogo color tierra rutina, se me pasaría el enfado.
Pero no voy a llamarte, no debo hacerlo. Me vas dejando sin hierbas el camino, sin dejar espacio a la duda, sin albergar esperanza. No sabes que sé qué piensas, lo leo en tus ojos, las pocas veces que nos leemos las miradas. Y por eso no te llamo, ni te llamaré. Al final tendrás razón, no es necesario hablar o decirnos, mi imaginación llega más lejos de lo que tú jamás llegarás a explicar. La verdad danza conmigo cuando cada noche cuelgo del techo una luna de nácar.
¿Es esto ser fuerte? Quería estar sola, ahora estoy sola, soledad de kleenex húmedos y almohada.
Quería volar, abriste nuestra jaula, y ahora tengo pánico a abrasarme con la luz del sol.
4 de septiembre de 2011
Demencia feliz
Era alguien que sacaba lo peor y lo mejor de mí. Me retorcía -demencia feliz- en curvas sinuosas. Subíamos y bajábamos las montañas del alma. Hoy soy corriente. Línea contínua, camino asfaltado. Mis palabras ya no son besos, ni tampoco insultos. Tengo la gama de grises en la cara.
Y un arnés de seguridad por si salgo a volar.
Y un arnés de seguridad por si salgo a volar.
Fuego
Quemas.
Qué más da.
Escribo para que un día veas que no olvidé tu olor.
Quemas.
Qué más da.
Escribo para alejarme de ti, te dibujo en papel cebolla.
Quemas.
Qué más da.
Escribo hace tiempo lunas en tu ventana y no lo sabes.
Quemas.
Qué más da.
Escribo para olvidar que un día mirarás, y me odiarás.
Quemas.
Qué más da.
Escribo un cuento en tus pies, para que caminen libres.
Ardes.
Qué más da.
Escribo para que un día veas que no olvidé tu olor.
Quemas.
Qué más da.
Escribo para alejarme de ti, te dibujo en papel cebolla.
Quemas.
Qué más da.
Escribo hace tiempo lunas en tu ventana y no lo sabes.
Quemas.
Qué más da.
Escribo para olvidar que un día mirarás, y me odiarás.
Quemas.
Qué más da.
Escribo un cuento en tus pies, para que caminen libres.
Ardes.
1 de septiembre de 2011
Septiembre
Huele a chimenea. Mi memoria camina hacia los otoños en la montaña, cuando mi padre me alzaba sobre sus hombros, cerca de la zarzamora. Con cuidado de no pincharme recogía las moras más bonitas que veía, tan negras y brillantes. Orgullosa, depositaba después mi trofeo en la cesta e impaciente, casi emocionada con la tarea, continuaba buscando frutos, comiendo tres, soltando uno.
Septiembre me trae también el tacto suave de la uva, las uvas del huerto que comía con mi abuelo, que entre risas regalábamos al perro. La gata, siempre subida al tejadillo de la parra, observando nuestros juegos. Y veo también a mi abuela, saludando desde el balcón, los brazos en jarra y aquel movimiento de cabeza, tan suyo y mío cuando me decía "ah, pues, rematada...".
Siempre me he sentido dueña de septiembre. Nací en el noveno mes. Es el remanso de paz que deja el verano, es la nostalgia que araña y mueve los árboles. Es el cariño que despierta en mí encontrar un robellón, recordando cómo Andrés y yo seguíamos las instrucciones de nuestro padre, cómo cortar un hongo, qué cesta llevar, qué seta evitar. Mira, allá, una huella de jabalí. Nos creíamos protagonistas de una aventura tan real como nuestra imaginación pintaba.
Y qué sería de septiembre sin la lluvia, cuando encendíamos fuego en el hogar y nos calentábamos. Fuera comenzaban a batirse los primeros fríos con la tierra mojada. El viejo nogal sigue regalándonos sus nueces, y el manzano aún hoy espera que vuelva a encaramarme a él, a saltar entre sus ramas.
A veces pienso que debo a septiembre mi amor por los bosques, mi hábito de recoger piñas y hojas, ser incapaz de dejarlas en el suelo una vez se hallan en mi mano. Las guardo en el bolso, y van conmigo. Es un secreto, entre el otoño, y yo.
Veo mi flequillo, mi pelo negro debajo de la capucha roja. Cómo me gustaba ese jersey. Las botas, el vaquero, y mi jersey rojo, con capucha, siempre la capucha. Mi madre suspiraba, preguntándose por qué no prefería las faldas. Y yo, protagonista de mi cuento, sabía que todo aventurero necesita cubrirse la cabeza, protegerla de la lluvia, esconderse de los enemigos. Montaba en mi caballo y corría entre los árboles. Las faldas eran para otras chicas, esas que odian la lluvia y prefieren besarse con sus enemigos.
Comienza septiembre. El futuro huele a chimenea, es ahora dulce como la uva y la mermelada de mora. Septiembre siempre ha sido el comienzo de mi ciclo interior, las tarjetas de cumpleaños, montaña, pueblo y bosque, un calor familiar y el primer frío.
Comienza septiembre y acuno un nuevo ciclo.
Septiembre me trae también el tacto suave de la uva, las uvas del huerto que comía con mi abuelo, que entre risas regalábamos al perro. La gata, siempre subida al tejadillo de la parra, observando nuestros juegos. Y veo también a mi abuela, saludando desde el balcón, los brazos en jarra y aquel movimiento de cabeza, tan suyo y mío cuando me decía "ah, pues, rematada...".
Siempre me he sentido dueña de septiembre. Nací en el noveno mes. Es el remanso de paz que deja el verano, es la nostalgia que araña y mueve los árboles. Es el cariño que despierta en mí encontrar un robellón, recordando cómo Andrés y yo seguíamos las instrucciones de nuestro padre, cómo cortar un hongo, qué cesta llevar, qué seta evitar. Mira, allá, una huella de jabalí. Nos creíamos protagonistas de una aventura tan real como nuestra imaginación pintaba.
Y qué sería de septiembre sin la lluvia, cuando encendíamos fuego en el hogar y nos calentábamos. Fuera comenzaban a batirse los primeros fríos con la tierra mojada. El viejo nogal sigue regalándonos sus nueces, y el manzano aún hoy espera que vuelva a encaramarme a él, a saltar entre sus ramas.
A veces pienso que debo a septiembre mi amor por los bosques, mi hábito de recoger piñas y hojas, ser incapaz de dejarlas en el suelo una vez se hallan en mi mano. Las guardo en el bolso, y van conmigo. Es un secreto, entre el otoño, y yo.
Veo mi flequillo, mi pelo negro debajo de la capucha roja. Cómo me gustaba ese jersey. Las botas, el vaquero, y mi jersey rojo, con capucha, siempre la capucha. Mi madre suspiraba, preguntándose por qué no prefería las faldas. Y yo, protagonista de mi cuento, sabía que todo aventurero necesita cubrirse la cabeza, protegerla de la lluvia, esconderse de los enemigos. Montaba en mi caballo y corría entre los árboles. Las faldas eran para otras chicas, esas que odian la lluvia y prefieren besarse con sus enemigos.
Comienza septiembre. El futuro huele a chimenea, es ahora dulce como la uva y la mermelada de mora. Septiembre siempre ha sido el comienzo de mi ciclo interior, las tarjetas de cumpleaños, montaña, pueblo y bosque, un calor familiar y el primer frío.
Comienza septiembre y acuno un nuevo ciclo.
29 de agosto de 2011
El limón de tu boca
Tienes un limón en la boca,
ácido, y de amarga corteza.
Tienes algas en los ojos,
quietas, en lecho de muerte.
Por poco olvido en el portal
el odio que vierten tus pasos
el deseo de paz difunta y mansa
que me empeño en atravesarte.
Que me agarro a tu garganta
y no me suelto hasta quedarme
desnuda frente a tu alma rota
y el sol ardiendo entre mis manos.
Por poco olvido junto al balcón
la lengua mordaz siempre a punto
entre tus dientes y que me muerde
cruel cuando el dolor me pierde
y dejo de ser yo.
Quiero acordarme, ahora, del tú que no supo cuidarme.
y volver a ser yo.
ácido, y de amarga corteza.
Tienes algas en los ojos,
quietas, en lecho de muerte.
Por poco olvido en el portal
el odio que vierten tus pasos
el deseo de paz difunta y mansa
que me empeño en atravesarte.
Que me agarro a tu garganta
y no me suelto hasta quedarme
desnuda frente a tu alma rota
y el sol ardiendo entre mis manos.
Por poco olvido junto al balcón
la lengua mordaz siempre a punto
entre tus dientes y que me muerde
cruel cuando el dolor me pierde
y dejo de ser yo.
Quiero acordarme, ahora, del tú que no supo cuidarme.
y volver a ser yo.
28 de agosto de 2011
Hoy, madrugo.
Llego. Madrugada. Me preguntan por ti en la calle.
Cerveza en las sandalias. Humo en el pelo. Un bar.
Otra vez. No estás.
Leo el periódico, es tan pronto -tan tarde- que ya esperaba en mi buzón.
Tres muertos en la montaña, la pizza en el horno.
Y yo, esperando que me pienses.
Yo, que disparo palabras en tu espalda.
Yo, que silencio besos en tu cama.
¿Tú?
Cerveza en las sandalias. Humo en el pelo. Un bar.
Otra vez. No estás.
Leo el periódico, es tan pronto -tan tarde- que ya esperaba en mi buzón.
Tres muertos en la montaña, la pizza en el horno.
Y yo, esperando que me pienses.
Yo, que disparo palabras en tu espalda.
Yo, que silencio besos en tu cama.
¿Tú?
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